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24 de septiembre de 2019

Las hondas superficies

"Entre el lector y el libro se intercambia un silencio. Lo abrimos. Lo dejamos sobre la mesa. Esta acción sencilla tiene el carácter de una invocación. En él hay un espacio no interpretado aún, como un camino al dibujarse, muy débil, en la tierra. Toda lectura requiere acallamiento. La preparación para el libro: un gesto interior.

Con el deseo de alcanzar esta vivencia, pero sabiendo que no puede buscarse, un pensador ha puesto rumbo a la naturaleza. Estas eran las cosas vistas: el movimiento del maíz, o el animal que pasa sin hacer ruido. Ante ellas se ha vuelto suave la indefinible soledad. El pensador ahora siente que ya puede vivir, dedicado enteramente a la posibilidad poética de ver: no al mirar esto o aquello, los objetos que salen a su paso, sino algo mayor, como una red que los sostiene para que se muestren."

Diciembre, 2018.
Más aquí. 

27 de octubre de 2017

Manantial

La memoria es la fuente, pero ignoramos cuál es la naturaleza del agua. Hay un pensador que se aproxima al silencio. Mira el recorrido del agua entre las piedras. Las atraviesa la luz. Su superficie brilla. El fondo, parcialmente oculto, apenas se mueve. 
 
— El río nace de una abertura en la roca. Recogí agua con la mano, sosteniendo un tallo, levemente. Un recuerdo es una imagen interior: difusa y pobre, se parece a la experiencia indefinible del instante. Entonces, ¿qué es esta inmediatez? En otro lugar, el pensador ha escrito: estoy aprendiendo a ver. Tengo un interior del que no sabía nada. Todo se dirige ahora hacia allí. No sé qué es lo que allí ocurre. — Cierro de nuevo los Cuadernos de Malte.

Las piedras tiemblan con la luz. Conozco un método para convertirlas en imágenes. Hace falta, sólamente, un espacio cerrado. En él hay una grieta por la que algo entra, y también, como en la roca, algo sale. El fondo es negro, aunque sus límites son claros. La fotografía es fiel a su origen: puede ser pensada en el espacio, pero necesita siempre del tiempo. Este, como el agua, hace que fluya lo insondable de la roca. Es sólo una ilusión que en la imagen todo parezca detenerse. En la imagen tampoco el tiempo se ha parado. 

He puesto esta mañana una fotografía tras otra sobre la mesa. Al mirarlas, la memoria se enriquece, y también se transforma. Vuelvo los ojos hacia el manantial. ¿Estoy aprendiendo a ver? Las fotografías, con su escritura silenciosa, cambian sutilmente lo que mi vocabulario hasta hace poco significaba: existencia, duración, belleza. En la contemplación las palabras no se pierden, sino que se anudan firmemente con lo que llamamos verdad. No sabemos definirla, pero asentimos a su enigma. Ahora comenzamos, preguntando: ¿qué es ver? Desde aquí, la montaña parece una ondulación vasta. Su reflejo, fijado en la movilidad de una imagen, es sólo una traducción inexacta del mundo.

11 de abril de 2017

Otra fuente

Lo leído deja un rastro. Es tenue. Lo seguimos. En el margen a veces una palabra, otras veces un punto. Casi siempre una línea dibujada con lápiz. También tenue. Casi todo olvidado. ¿Ha modulado imperceptiblemente un interior? Quizás. Pero ¿cómo saberlo? De nuevo el libro abierto. Uno que esperó hasta que llegó su tiempo: “La luz que brilla sobre el muro, podría verla de forma incorrecta si no dirigiera mi ojo allí donde brota. Y aun cuando la tome allí, debo permanecer libre de ese brotar; debo tomarla tal cual es, sostenida en sí misma.” 

Hay una indicación para mirar hacia el lugar donde brilla la luz. Una indicación sobre cómo mirar. Se encuentra en un texto del Maestro Eckhart. El fruto de la nada. ¿Cómo mirar? Dirigiendo el ojo a donde la luz brota. ¿Dirigiendo el ojo al muro? En absoluto. El muro es porque hay luz. La luz hace surgir el muro. El muro aparece, las cosas aparecen en la luz. ¿Surge del sol? Así dice la ciencia, pero sólo en cierto modo. Para ver la luz hemos de buscar otra fuente. La luz que está en el muro, brotando, que se ha posado en él, está ahí para quien mira. Está en quien mira, estrictamente. Como la forma en que la rugosidad del muro se muestra y lentamente cambia en el declinar de la tarde. Ha pasado un instante. Detrás del muro un árbol deposita su sombra. Alguien observa. ¿Cómo permanecer libre de ese brotar? Permanece libre quien mirando el muro dirige su ojo hacia la fuente. Hacia la luz. ¿Ver la luz es ver la mirada? Para ver la mirada la dirigimos hacia dentro, aún sin negar que el muro existe y se nos muestra, y que en él aparece la rugosidad, el brillo del mundo bajo la luz. Antes escribió Eckhart: “Cuando quiero obtener la imagen de una cosa, por ejemplo, de una piedra, entonces atraigo de ella en mi interior lo más tosco; lo extraigo de ella hacia fuera.” La cualidad de la piedra se forma dentro. En los insondables, lejanos sentidos internos. ¿Qué es sentir? Algo tan familiar, tan transparente, que no lo conocemos. Hacia allí volvemos el ojo: hacia el adentro donde se forma el afuera. ¿Hacia el límite? Hacia un lugar donde callar y permanecer, donde brotar.