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24 de septiembre de 2019

Las hondas superficies

"Entre el lector y el libro se intercambia un silencio. Lo abrimos. Lo dejamos sobre la mesa. Esta acción sencilla tiene el carácter de una invocación. En él hay un espacio no interpretado aún, como un camino al dibujarse, muy débil, en la tierra. Toda lectura requiere acallamiento. La preparación para el libro: un gesto interior.

Con el deseo de alcanzar esta vivencia, pero sabiendo que no puede buscarse, un pensador ha puesto rumbo a la naturaleza. Estas eran las cosas vistas: el movimiento del maíz, o el animal que pasa sin hacer ruido. Ante ellas se ha vuelto suave la indefinible soledad. El pensador ahora siente que ya puede vivir, dedicado enteramente a la posibilidad poética de ver: no al mirar esto o aquello, los objetos que salen a su paso, sino algo mayor, como una red que los sostiene para que se muestren."

Diciembre, 2018.
Más aquí. 

5 de febrero de 2019

Estar aquí

¿Dónde? 

En el amanecer de la forma, cada vez. Y también al mediodía, cuando todo se muestra sin ocultar su borde. 

Es tiempo de escuchar. La mirada escribe la sinfonía de la apariencia. Fotografiamos: algo de esta ocupación humilde es suficiente aún. Decías: insiste en ella, pero que nada sea casual. Que todo sea fruto de una libertad necesaria. 

Hacia un final, o un horizonte, sólo vale orientarse: no se llega. Pero en el camino hay espacios donde descansa el ojo. Bastan las cosas que en cada instante están presentes. Basta reconocer su lugar respecto a otras, como el tono que una cuerda aporta a la música total, fruto de la tensión del mundo. 
 
Lo bello, al ser mirado, no reclama una acción: es aquello que, aunque podríamos ignorar, se convirtió en nuestro centro. 

(Por ejemplo las piedras, que siendo tan antiguas me parecieron fugaces. Y en cambio el viento, esta mañana, al pasar por el filo de una hoja, era una eternidad.) 

Un lector se aproxima. De su pensamiento no nacen los poemas: al contrario, fue la poesía la que hizo necesario al pensamiento, la que siempre lo invocaba. El poema que precede a lo pensado, ¿tiene por eso una relación difícil con el lenguaje? 
 
El poeta ya no persigue las palabras para decir su pensamiento. Desearía, en cambio, una ebullición muda. La obra da un rodeo y seguimos su rastro. Escribir así es levar anclas en el lenguaje. Nada se fosiliza más rápido que él: si sale a flote, lo hace como el cuerpo de los náufragos (frío). ¿Qué ha sido, entonces, fotografiar? ¿Dar espacio a un punto ciego que crezca en la visión dibujando un hueco? El fotógrafo aprende a olvidar significados: instalado en su propio punto ciego, estira la mano y va palpando lo real. Con un conocimiento precario e impreciso llega hasta la imagen. 

Sobre la mesa, un triángulo de luz cubre una veta en la madera: un meridiano. Su rastro aéreo - polvo suspendido - me recuerda al cometa que observamos una vez. Sigo leyendo: “Y lo entrevisto puede encontrar su figura, y lo fragmentario quedarse así como nota de un orden remoto que nos tiende una órbita.” (Zambrano) No ser meramente necesario, ni tampoco libre. Sentí un mandato y lo seguí, para descubrir que lo di yo. Prestar la máxima atención a las órdenes propias: nada importa más. 

Escritura velada: ¿qué se vela en ti? El excedente de la luz, la plata oscurecida: una fotografía desaparece cuando lo accidental hace su ley. 
  

2 de abril de 2018

Ofrendas olvidadas

Sin centro. A la espera de un signo, cualquiera, hacia adelante en la senda. Un pájaro la cruza vaciando el aire. Lo invisible, dijiste, también ofrece resistencia. El pájaro se posa. Su vuelo precede al canto. ¿Es esto una señal? Bajo la cumbre inaccesible, dejamos todo al borde del camino: todo, salvo una imagen.

El extranjero no suele hacer preguntas. Camina pensativo por reflejarse en las cosas. Su visión, proyección densa, recorre los relieves. Madrigueras, piedras, sus discretos moradores. La opacidad ahora resiste a la mirada: como el vuelo, cruza la senda, precede al canto. 

Alguien no está. Solo hay un cuerpo, abierto, y un brotar que no es del mundo. Se olvidan las ofrendas para recibirlas más tarde otra vez. Lluvia nocturna. Humedad. Ser sensible al sonido de los pastos alzándose en el campo. La naturaleza no dicta ninguna afirmación.

13 de marzo de 2018

Espejo

Del cuerpo brotan los instantes, brotan las horas. Y va surgiendo, en el tiempo, un mundo.

El espejo se cubre de una fina capa de polvo. Lo limpiamos, pero nunca totalmente. Miramos en él. Con dificultad distinguimos su reflejo. Vemos pasar el tiempo.

La fotografía quiso ser el espejo más claro: sólo necesitaba luz. Pero hizo falta alguien, también. Y su tiempo. ¿Quién se detuvo lo suficiente? ¿Qué no vio?

Una corriente de luz por un cauce de sombra.

26 de marzo de 2017

Ver

El cuerpo ocupa el centro de la visión. La visión se hace oscura. Se desata del pensamiento, y así ve. Vemos algo sin más, algo cuyo ser es la continuidad de los instantes. Todavía no se ha vivido un día vacío, totalmente. Cuando el vacío tome el espacio y lo haga transparente el tiempo no saldrá de los ojos. Entre mis ojos y este instante hay sólo una cuerda. Alguien se cubre el rostro para poder ver.

25 de enero de 2016

Opacidad

La luz para mostrarse necesita un cuerpo opaco, silencioso, un cuerpo que reposa en sí mismo.
Pertenece a lo que la circunda un manto de sombras que se desplaza más allá cuando se posa en él el ojo. No se ve. Está presente.

Hay un viaje que se hace a los límites y que pasa por esta zona de silencio. La opacidad es la condición de las cosas que, en su presencia, son lo suficientemente densas para que lo más transparente aparezca. La luz y la sombra son modos de la ausencia que dependen de la opacidad del mundo. Allí donde la luz descansa la sombra calladamente se abre. Esta es la claridad.

1 de octubre de 2015

Preguntar


Releer lo escrito. Tiempo atrás: hacerse todas las preguntas para llegar al silencio. Un esbozo de algo parecido a un pensamiento. En cualquier caso, insistir ahora en las preguntas no resueltas. En ellas ha anidado un enigma. Escribe Trías: la interrogación es el único lenguaje posible ante lo trascendente. La interrogación, entonces, como lenguaje del límite, o forma en que el lenguaje, al acercarse al límite se cuestiona a sí mismo. El habitante del límite es un ser que pregunta. O mejor: un ser que se pregunta (porque, una vez llegado al límite, ¿a quién habría de preguntar?). 

Pero parece imposible hacerse todas las preguntas, si no existen preguntas a la espera de ser formuladas. Existe acaso un preguntarse, un descubrir poco a poco la pregunta ante la cuál sentimos que nos acercamos a un extremo del mundo, del lenguaje. ¿Basta con llegar hasta él y permanecer en silencio? Quizás: sin eludir el peligro pero tampoco entregarse, como un equilibrista que se detiene.

27 de septiembre de 2015

Comenzar


El nacimiento es el más misterioso de los comienzos. En él, algo se forma, o bien a algo se le da forma, y empieza a ser. Nos hacemos preguntas: ¿Dónde comienza? ¿Quién o qué le da su forma? Y sobre todo: ¿a partir de qué? Quizás sea ya demasiado tarde para la metafísica, para defender que algo pueda crearse de la nada. Pero precisamente porque es tarde para la metafísica, porque ya no hay lugar para la nada en el mundo, por eso, tal vez, podemos comprender mejor qué significa, si significa algo, comenzar.

No hay lugar para la nada. El mundo está lleno, pesa demasiado. Paradójicamente, un mundo que no deja lugar para la nada, que se reivindica como lo único existente, al mismo tiempo va alojando un hueco, un vacío. Si es indiferente que algo comience o que algo acabe, porque nunca nada verdaderamente comienza; si todo comienzo es una repetición, entonces cada repetición es en sí misma la expresión de una nada que se hace visible en su propio repetirse. Pero esta nada abre otro orden, una oportunidad para que algo nazca. Pues todo se repite, pero las repeticiones nunca son iguales. 

Cada nacimiento es testimonio de un abismo. Nos sitúa ante la extrañeza: reconocemos con asombro que en lo que nace hay algo que regresa, que nos es devuelto. Por eso cada nacimiento ha de ser recibido, y ha de tener alguien, o algo, a su espera: lo que nace retornando nos reclama, porque viene inacabado, hasta cierto punto vacío. Pero no del todo. Necesita abrirse a la presencia, y ser acogido. Recibir un vacío. Esto, podríamos decir, es crear.

Para un mundo sin metafísica, esta idea puede ser conciliadora: no creamos desde la nada, sino con la nada. O bien: al crear hay, acaso, una cierta nada que nos crea y nos da forma, con la que moldeamos, y que a su vez nos moldea. Así puede explicarse la identidad entre el nacimiento y el retorno. Y desde lo creativo, así podríamos pensar el momento misterioso, a veces aterrador, del comienzo. Algo nace: se forma, o se transforma. Atraviesa un límite, testimonia una base desconocida, materia oscura que a la vez sostiene y constituye lo visible. Introduce en el mundo, casi sin ser notado, una porción de sombra. Martin Heidegger escribió que un niño, cuando nace, ya está maduro para morir. Lleva en él, efectivamente, la semilla para un nuevo nacimiento, para una nueva muerte.

Nos encontramos entonces en el borde, a punto de cruzar. Llevamos con nosotros, aunque no lo sabemos, un silencio: algo que hemos olvidado. Ni siquiera a partir de estas palabras, olvido, silencio, lo podemos nombrar. Nos disponemos a dar el paso. Ni completamente libres, ni completamente determinados. Apenas sin margen, como en el sendero más estrecho. Al mismo tiempo dispuestos para nacer y para asistir a lo que nace. Así nos es dado el comienzo.